jueves, 19 de junio de 2014

Un triciclo en la homilía dominical

Recuerdo que muy temprano te desperté y juntos fuimos camino a la iglesia montados en el triciclo, tendrías tres o dos años, no sé si te acordaras pero yo sí. Quisiera recordar de igual manera que fue lo que indujo a dos niños a realizar tal peregrinación, quizás seguíamos una tradición que se fue perdiendo con el transcurrir de los años, o algún pedido expreso que no me creyeron capaz de hacer, lo único que se me viene a la mente es llevarte conmigo empujando aquel triciclo azul  contigo en el timón. Tu risa era admirable y me agradaba tu compañía, recién por esos años conocía el lado paternal a tan temprana edad, te llevaba cinco años más y tenía bajo mi responsabilidad la llevarte y regresarte con bien a la casa. Éramos dos niños bajo el sol veraniego de Comas, Gracias a Dios llegamos con bien dejando los juego y la prisa por encontrarnos con Dios. Una vez dentro es poco lo que recuerdo, solo imágenes de un sobrio y triste altar con el Jesucristo enorme crucificado con ganas de bajarse y retirar casi a todos los presentes.

Como anfitrión el mismo protagonista de siempre, aquel del atuendo extravagante, aquel de los sermones que todos escuchan pero que al salir todos ignoran, cada vez teníamos que repetir y estarnos persignando para sentirnos más dignos del creador. En fin era el mundo y sus conflictos, mucha cosa para dos niños que buscaron a Dios en un lugar erróneo. Grande fue nuestra sorpresa al admirar el tamaño de semejante bolsa para recibir la propina dominical, que tamaño, ¡pero qué tamaño! Las bolsas eran tan grandes, pero aún más grande eran los palos que llegaban hasta el final de la banca. El coro interrumpiendo de rato en rato la homilía para corear que hay salvación si continuábamos haciendo lo mismo. Para colmo no podríamos llevarnos la carne del hijo de Dios a la boca, porque no estábamos bautizados o sea desde ya discriminados y condenados por no pertenecer al club. Quisiera recordar tu rostro dentro de la iglesia, pero la verdad no lo recuerdo, pero estoy seguro de haberte puesto al lado mío y tú por lo visto bien criado, bien tranquilo. Nuestra visita fue tan cierta como la veracidad en estas letras. Terminada la jornada eclesiástica y perdonado los pecados hasta de los ausentes nos retiramos presurosos sin antes robarnos un poco de agua bendita.

Dejamos el templo para tomar el vehículo presurosos, estando cerca a la feria de juguetes, estábamos más que tentados. Era enorme más de medio kilómetro llena de ambulantes con todos los productos entre ellos los juguetes de moda, era los inicios de los noventa en la avenida Túpac Amaru, se llamaba la feria España que quedaba afueras de la iglesia y terminaba frente al correo del distrito. Como era de imaginarse nos encandilamos con todos esos juguetes y un sin fin de aquellos que nos maravillaban, en fin nos costaba admirarlos, solo Dios es testigo de la ternura y tristeza que me causaba escucharte pronunciar “cómprame eso ya…” y yo solo consolarte con un “…ya le vamos a decir a tu mamá que te compre…”. Los sentimientos eran muchos y solo algunos conducen a recordar otros a olvidar. Yo solo me limito a recordar lo que fue bueno y especial.
Y esto es digno de escribirlo, pero me perdí en el recuento de los hechos, llegamos a casa después del corto pero riquísimo trajín, contando todo lo experimentado de la misa en la mesa. Gracias a Dios la mañana fue bendecida…




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