Recuerdo que muy temprano te desperté y
juntos fuimos camino a la iglesia montados en el triciclo, tendrías tres o dos
años, no sé si te acordaras pero yo sí. Quisiera recordar de igual manera que
fue lo que indujo a dos niños a realizar tal peregrinación, quizás seguíamos
una tradición que se fue perdiendo con el transcurrir de los años, o algún
pedido expreso que no me creyeron capaz de hacer, lo único que se me viene a la
mente es llevarte conmigo empujando aquel triciclo azul contigo en el timón. Tu risa era admirable y
me agradaba tu compañía, recién por esos años conocía el lado paternal a tan
temprana edad, te llevaba cinco años más y tenía bajo mi responsabilidad la
llevarte y regresarte con bien a la casa. Éramos dos niños bajo el sol
veraniego de Comas, Gracias a Dios llegamos con bien dejando los juego y la
prisa por encontrarnos con Dios. Una vez dentro es poco lo que recuerdo, solo
imágenes de un sobrio y triste altar con el Jesucristo enorme crucificado con
ganas de bajarse y retirar casi a todos los presentes.
Como anfitrión el mismo protagonista de
siempre, aquel del atuendo extravagante, aquel de los sermones que todos
escuchan pero que al salir todos ignoran, cada vez teníamos que repetir y
estarnos persignando para sentirnos más dignos del creador. En fin era el mundo
y sus conflictos, mucha cosa para dos niños que buscaron a Dios en un lugar
erróneo. Grande fue nuestra sorpresa al admirar el tamaño de semejante bolsa
para recibir la propina dominical, que tamaño, ¡pero qué tamaño! Las bolsas
eran tan grandes, pero aún más grande eran los palos que llegaban hasta el
final de la banca. El coro interrumpiendo de rato en rato la homilía para
corear que hay salvación si continuábamos haciendo lo mismo. Para colmo no
podríamos llevarnos la carne del hijo de Dios a la boca, porque no estábamos
bautizados o sea desde ya discriminados y condenados por no pertenecer al club.
Quisiera recordar tu rostro dentro de la iglesia, pero la verdad no lo
recuerdo, pero estoy seguro de haberte puesto al lado mío y tú por lo visto
bien criado, bien tranquilo. Nuestra visita fue tan cierta como la veracidad en
estas letras. Terminada la jornada eclesiástica y perdonado los pecados hasta
de los ausentes nos retiramos presurosos sin antes robarnos un poco de agua
bendita.
Dejamos el templo para tomar el vehículo
presurosos, estando cerca a la feria de juguetes, estábamos más que tentados. Era
enorme más de medio kilómetro llena de ambulantes con todos los productos entre
ellos los juguetes de moda, era los inicios de los noventa en la avenida Túpac
Amaru, se llamaba la feria España que quedaba afueras de la iglesia y terminaba
frente al correo del distrito. Como era de imaginarse nos encandilamos con
todos esos juguetes y un sin fin de aquellos que nos maravillaban, en fin nos
costaba admirarlos, solo Dios es testigo de la ternura y tristeza que me
causaba escucharte pronunciar “cómprame eso ya…” y yo solo
consolarte con un “…ya le vamos a decir a tu mamá que te compre…”.
Los sentimientos eran muchos y solo algunos conducen a recordar otros a
olvidar. Yo solo me limito a recordar lo que fue bueno y especial.
Y esto es digno de escribirlo, pero me
perdí en el recuento de los hechos, llegamos a casa después del corto pero
riquísimo trajín, contando todo lo experimentado de la misa en la mesa. Gracias
a Dios la mañana fue bendecida…

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