domingo, 16 de julio de 2017

El Miguel que yo conocí...

Corrían mediados del 2002. Y mi vida se dividía entre Comas y Carabayllo. Vivía junto con mi hermana su esposo y mis sobrinos, estaba en los últimos años del colegio. La mayoría de años del colegio los curse en comas, pero mi familia y mis nuevas amistades estaban en Carabayllo. Era tradicional correr hacia la casa de Carlos para enterarme de las "ultimitas o novedades del barrio", jugar a la pelota o hacer hora en la esquina de su casa. Fue justo ahí en un aproximado de las 9pm, que se acercaron dos muchachos, uno que aparentaba ser un señor (por lo desarrollado y grande) y un niño (porque era menor que nosotros Lalo) junto a un perro siberiano llamado Rocky.
De fácil hablar, muy cordiales, los que una madre diría unos muchachos bien portados y bien criados, ¿Qué les puedo decir?, me agradaron mucho. No tardaron mucho en mostrarse tal cual los recuerdo. Como ahora. Regresando a ese momento, conversamos largo y tendido hasta pasada la media noche. Conversando de todo y de todos, comentándoles acerca del barrio que ahora acogerían, dándome la sorpresa que ellos vivían en mi misma calle, solo que por razones geográficas no me daba cuenta hasta que arreglaron ese asunto. En fin, esa noche nace para mí, una de esas amistades que no encuentras así nomas. Una de un espíritu libre como el tuyo, tan curioso y a la vez tan travieso.
(Miguel a su retorno de Argentina, 2008)


Una amistad que sea tu cómplice y tu más agrio crítico, tu hombro y tu compañero de risas.
Miguel invitaba al que desease a su casa y su familia era muy cordial y amable. Era sencillo hacerse de amigos para él. No habría pasado mucho tiempo y su casa ya era un punto de reunión.
Largas eran las horas que compartimos, así como largos era los kilómetros que caminamos juntos.
Si habría algo que le gustaba a Miguel era comer, caminar y conversar.
Hacíamos largos tramos al margen del rio Chillón, visitábamos amigos de otros distritos a pie, como quien sacando a ejercitar los perros.
Si a Miguel le llamaba mucho la atención los perros, en especial los pit bull. Fuimos con él a convencer a un vecino que le venda a Patán su primer pitbull, aquel leonado de pecho blanco.
Ya con los años adquirió una gama incontable de perros pit bull cada vez más caros y de un buen linaje y pedigrí. Mi amigo se hizo de un espacio dentro de aquella esfera. Como fuese se ganó el respeto y admiración de quienes estaban en ese mundo. Más no sé,  porque nunca lo acompañe a esos grupos, charlas o reuniones. Solo coincidía con algunos que venían a su casa y conversaban acerca de lo que vengo relatando. Ya solo coincidíamos poco conforme íbamos creciendo porque las responsabilidades aumentaban con la edad.
Pero cuando  conversábamos a solas, podía aconsejarme como me hubiese gustado que lo haya hecho alguien en mi familia. El vendría a suplir ese vacío en mi vida.
Por eso congenie con él, por eso él congeniaba conmigo. Por eso tenía que defenderlo de quienes los calumniaban, aún de los que me daban trabajo, porque yo sabía quién era él y que era él capaz de hacer.
Él se habrá acercado muchas veces a buscarme, pero solo una vez llegó sólo. Me dijo: PODEMOS IR A CAMINAR? - Claro! le dije, no avise. Ni nada, cerré raudamente mi precaria puerta y caminamos juntos filosofando hacia un parque que quedaba a una docena de cuadras de su casa, nos sentamos y se desahogaba. Me hizo sentir bien que pude retribuir a su amistad. Él era como yo o yo quería ser como él, Solo una vez vi peligrar nuestra amistad por una confusión que a continuación voy a narrar.
Era el 2003 y yo terminaba el colegio en Comas, así que venía los fines de semana a visitar mi familia y a mis amigos.
Aproveché que su puerta estaba abierta así que me adentre y me senté como de costumbre saludando.
Grande fue mi respuesta que Miguel me corriera con palabras bien fuertes e irreproducibles, empujándome hasta la puerta.
Desencajado y meditabundo resolví regresarme a Comas sin encontrar respuesta alguna para ese acontecimiento, ya que nadie podría sacarme de la duda, si recuerdan por aquellos tiempos no habían celulares y si lo habían pues no eran muy asequibles, mucho menos para un escolar y el internet era un lujo ya que la hora costaba cinco soles.
Me habría tardado en volver como un par de semanas por otras razones a Carabayllo, inconscientemente pase cerca de su casa, fue grande mi sorpresa que me llamase Miguel al verme... “OE DANY VEN CAUSA!” me grito...
Dudaba en acercarme, pero algo en mi interior me decía que no iba a pasar nada...
Serio le dije: Que tal! como quien poniendo paños fríos...
- SABES, QUIERO PEDIRTE PERDÓN POR LO OCURRIDO, me respondió. Delante de su mujer y hermano, en la sala de las tertulias.
Más desencajado que nunca, le pregunté que era lo que sucedió, me dijo que él pensaba que yo lo había delatado (le habría dicho su nombre completo) a mi vecino para que lo denunciase, cosa que me llamó la atención. Ya que yo conocía a ambos, pero que no terminaba de entender que era lo que había pasado con certeza. Lo que haya ocurrido no viene al caso ahora, queda como una anécdota de vecinos.
La única que tiene Miguel en el barrio. De esas que le podrían pasar a cualquiera. Bueno habían excepciones en mi barrio y de todo calibre, quizás hasta con los mismos protagonistas cada mes, producto del alcohol, pero no era Miguel. Jamás lo he visto embriagado haciendo pleito. Una vez enterado de lo acontecido, deje por zanjado ese asunto, declarando mi profunda lealtad y que jamás delataría a quien crea yo mi amigo... (Continuará)